Silvia Ara Villar. Llevamos tres semanas confinados en casa, viendo las noticias como si todo fuese una pesadilla de la que esperamos despertar, conmoviéndonos con las historias de los héroes de este cuento, y de los españoles en general, que están permitiendo que esta catástrofe se ralentice.

Ganamos tiempo al tiempo con nuestras donaciones, las de aquellos grandes que pueden hacer donaciones millonarias, hasta los más pequeños que donan sus gafas de buceo y que hoy, son más grandes que nunca.


Si no fuera por la conducta ejemplar y desinteresada de la mayoría de ciudadanos españoles, estaríamos cerca de presenciar el final de nuestra historia y nuestras costumbres, y hasta ayer, me quedaba con lo positivo de esta historia, historia que nos ha permitido a todos parar en un tiempo de locos, reflexionar y valorar lo verdaderamente importante, la salud, familia y amigos. Ni el dinero que va a ser un grave problema en los próximos meses o incluso años, puede quitar la importancia que se merece la salud hoy más que nunca.


Debe ser muy difícil gestionar esta grave situación, y no desearía estar ahora en el gobierno para decidir cual es la mejor decisión a tomar.
Podremos estar de acuerdo o no con las medidas adoptadas, pero la única realidad objetiva y constatable, nos guste o no, es que todo este sufrimiento, todas las muertes y toda la saturación de los hospitales se podía haber evitado.

Esta semana recibimos la noticia en los medios, que todos intuíamos pero que hoy se confirma: El 30 de enero la OMS advirtió al gobierno de España sobre la grave situación que supondría la pandemia, pero el gobierno prefirió omitir ese dato, no informar a los españoles y permitió que, por nuestro desconocimiento, todos siguiésemos con nuestras vidas y nuestras costumbres como si nada pasase.

No hablamos ya de la manifestación del 8 de marzo, tantas veces sacada de contexto, sino de todos los actos que se realizaron por el desconocimiento de una población que merecía saber lo que estaba pasando. El Gobierno calló, y permitió la expansión de esta gran desgracia.

Permitió que los niños siguieran yendo al colegio, que se celebraran los partidos de fútbol, las carreras populares o las manifestaciones programadas. Hubo incluso fiestas locales que se celebraron, sin que nadie pudiera presagiar que tu compañero te estaba transmitiendo un virus letal para muchos, y que ahora se cuentan por millares.

Aunque vemos a diario los casos individuales de las víctimas y sus familiares, ayer lo viví de cerca. Una gran amiga me contaba los detalles de los últimos días de su padre, infectado por coronavirus, que, ante la expansión descontrolada de la epidemia, no tuvo las mismas oportunidades que otros.

Su ambulancia tardó 11 horas en llegar a su domicilio, no pudo entrar en la UCI por no haber camas suficientes, y aunque confirma que el trato en el hospital fue en todo momento excelente, y que una vez más el personal sanitario es el héroe de esta historia, lloraba mientras decía que si su padre necesitaba algo, la enfermera tenía que ponerse el supuesto EPI prefabricado de plástico antes de entrar a verle, y en el ínterin podía ver como simplemente se moría delante de sus ojos.

No dan abasto, me decía, están trabajando al 1000 por 100 de sus posibilidades y llevan sin descansar muchos días. Pero ello se hubiese podido evitar con una comunicación anticipada a la población de la situación que se estaba viviendo. El gobierno prefirió callar y permitir que, en este caso particular, el que me toca de cerca, y al igual que muchos otros, su cuerpo sin vida esperase durante días en Madrid para su incineración, ante el colapso de los tanatorios, y que, ante el rápido deterioro del cuerpo, finalmente tuvieran que trasladarlo a Jaén para su incineración.

A día de hoy, una semana después del fallecimiento, mi amiga no ha podido viajar a Jaén a recuperar las cenizas de su padre, y mientras, su madre de 84 años, sola en casa, incomunicada, sin que nadie le haga un test a mi amiga para ver si no es portadora de la enfermedad y puede estar con su madre para cuidarla, siendo estos familiares los grandes olvidados en esta crisis sanitaria.

Una mujer de 84 años que ha perdido a su marido con el que ya celebró las bodas de oro, y del que no se pudo ni despedir, está ahora una semana después sola en casa, comunicada con el exterior con un teléfono sin datos, ante la imposibilidad de conocer el funcionamiento de los smartphones, y nadie se pregunta cómo va a subsistir, porque o muere de pena o de soledad.

Y el problema no es a quien se le facilita un test o a quien se le da un respirador, sino por qué hemos llegado a esta situación. Y aquí la respuesta es clara: Responsabilidad patrimonial de la administración por no haber informado a tiempo del riesgo de la pandemia.


Tenemos los mejores sanitarios del mundo y los mejores hospitales, pero como todo, tiene sus límites, y si bien una pandemia no es previsible y por ello constituye un supuesto de fuerza mayor, resulta que, en el presente caso, el gobierno sí conocía dicha previsión, la ocultó, y ahora debe responder de sus actos.

Ya en el plano jurídico, dirán en su defensa que no se podía prever el impacto del virus, pero sí se podían prevenir gran parte de sus consecuencias.
Cuando cada uno de los españoles afectados (y somos todos y cada uno de los españoles), reclamemos responsabilidad patrimonial de la administración por los daños causados, nos dirán que no se podía saber con seguridad que si el paciente hubiese tenido respirador hubiera sobrevivido, o que, si la ambulancia hubiese llegado antes, el padre de mi amiga habría tenido más posibilidades.

Cierto, pero también es cierto, que para ello está la teoría de la pérdida de oportunidad, apelada continuamente en todos los asuntos de responsabilidad civil, e invocada ahora desde mi humilde opinión, por cuanto si bien no podemos saber con certeza que un paciente se habría salvado si hubiese contado con un respirador, sí que se pueden establecer criterios estadísticos de cual habría sido la probabilidad de vivir atendidas sus circunstancias personales, si hubiese dispuesto de dichos medios.

Y más aún, si se hubiese informado a la población con rigor desde un inicio, y además se hubiesen tomado medidas antes, la expansión habría sido controlada, y ahora no estaríamos contemplando un mundo en pausa, mientras nosotros estamos más vivos que nunca.

SILVIA ARA VILLAR. Tierno Centella Abogados